Bombas sobre Trípoli

septiembre 24th, 2011

No me suelo interesar por la política en este blog ni me pronuncio, a menudo, sobre ese tipo de temas. Pero el mutismo o la casi nula cobertura de la prensa nacional sobre el conflicto en Libia me produce náuseas. Gran parte de la prensa peruana aborda el tema de Libia de una manera parcializada. Ven en Gadafi a un terrorista. Y al régimen libio, como a un Estado antidemocrático ¿No es acaso esa la posición que tienen CNN y las principales agencias de televisión internacionales? ¿Hay independencia periodística, entonces? ¿Cómo nos informa el grueso de la prensa sobre este punto?

Gadafi, para las cadenas nacionales de radio, televisión y prensa escrita, es un tirano que ha sometido a su pueblo a una de las guerras más sangrientas de los últimos años. Ante esta situación, Estados Unidos y la OTAN han decido librar a la ciudadanía de esa lacra política y han lanzado una ofensiva militar sobre el país africano con el objetivo de defender la democracia. Luego de seis meses de insurrección, los rebeldes libios, en contra del régimen de Gadafi y con la ayuda de la OTAN, han logrado recuperar, por fin, la “soberanía” libia, puesta al “servicio” del pueblo.

Un cuento de hadas: Estados Unidos, Inglaterra y Francia son los nuevos héroes que han hecho posible este ejemplo magnánimo de lucha por la democracia. ¿Pero el cuento será cierto? ¿Es Gadafi un dictador desalmado? ¿Los rebeldes libios actúan por voluntad propia? ¿Por qué ahora resulta que Gadafi es un terrorista si antes pactaba negocios con Estados Unidos, Inglaterra, Francia y todos aquellos que lanzaron sus bombas sobre Trípoli durante seis meses? ¿Qué sucedió en el ínterin?

Se gestó un malestar entre los partidarios del propio Gadafi a tal punto de crear un movimiento dispuesto a derrocar a quien antes servían. Con la ayuda de las potencias occidentales y del armamento de la OTAN, esta facción de ex-Gadafistas le declaró la guerra al Estado libio. De ser los sangrientos ejecutores del régimen de Gadafi, se convirtieron en los nuevos “opositores”. Sucede que una fracción de la vieja clase dominante se aprovechó de una revolución que le era totalmente ajena para tomar el poder. Y allí se confabularon con las grandes potencias, bajo la promesa de volverles a entregar los recursos de Libia.

Hasta antes del conflicto, que se inició tímidamente en 1986, Libia era un país moderno: el dinero del petróleo se utilizaba para construir hospitales, centros educativos y carreteras. Habían logrado erradicar la pobreza e, incluso, estaban explotando el agua del subsuelo para crear ríos artificiales y cultivar en el desierto. ¿Por qué Gadafi se convirtió, de pronto, en un terrorista? El hecho es tan simple que hasta produce risa: el régimen libio decidió nacionalizar la explotación del petróleo y expulsó de su país a todas las transnacionales dedicadas a dicho rubro. Ante esta situación, el Consejo de Seguridad de la ONU, con la anuencia de los Estados Unidos y de los otros catorce países con derecho a veto, decidieron declarar a Libia como un Estado terrorista. Bajo esta nueva modalidad de invasión, desde marzo de este año, Libia recibió más de 15.000 bombardeos, según fuentes oficiales de la propia ONU, y Gadafi fue sentenciado como dictador al haberse quedado cuarenta años en el poder. ¿Se puede condenar de dictatorial a un régimen que entiende la gobernabilidad de una manera distinta a como la entiende Occidente? Y así fuera, ¿un país extranjero pude tener injerencia sobre un Estado soberano? Antes de Gadafi, reinaba el rey Idris, quien cedía la explotación del petróleo a las transnacionales más poderosas del planeta y permitía que Estados Unidos fijase el precio del crudo. Con la llegada de Gadafi, ese sistema rentista se acabó y sobrevino un régimen socialista pro-árabe basado en las decisiones que tomaban los representantes de cada una de las catorce tribus libias. Un dato importante: no existen los partidos políticos en Libia. Por lo tanto, hablar de democracia tal como se entiende en Occidente es un absurdo.

El resultado: seis de meses de terror por la ambición del petróleo. Además de eso, y en pleno conflicto, Estados Unidos y sus compinches congelaron las reservas internacionales que tenía Libia en los países mencionados. ¿Eso no es acaso un robo a mano armada? Ahora, sin haber capturado aún a Gadafi, han instalado un Consejo Nacional de Transición, reconocido por todos los países miembros de la Unión Europea y los Estados Unidos. ¿Pero cuál es la finalidad de toda esta carnicería? Las grandes transnacionales del petróleo han regresado a Libia y, en este momento, se están repartiendo el botín, además de pensar en quién o quiénes se llevarán las reservas naturales de agua que se han descubierto en el subsuelo de dicho país africano. No olvidemos que, pronto, el agua será uno de los recursos más escasos del planeta. Conveniente invasión que beneficia a los países que, en este preciso momento, se encuentran en crisis. Al parecer, Obama, Sarkozy y Cameron podrán pasar un verano holgado, ya que el dinero de Libia y su petróleo ahora están en sus manos. Provecho.

La Runamula

septiembre 8th, 2011

Pertenecer a una familia de extensas raíces selváticas engendró en mí el gusto por los mitos y leyendas desde muy pequeño. Apenas digo esto y ya me veo sentado a la mesa de un domingo cualquiera, escuchando con atención a mis tíos y primos mayores. Todas aquellas historias narraban insólitos episodios sobre demonios, entes sobrenaturales y animales mitológicos. Desfilaban ante mí el Ayaymama, el Bufeo colorado, el Tunchi. Cada uno de estos seres me hacía soñar con mundos gobernados por la magia y la hechicería. Muchos viajeros afirman que la Selva es un lugar tan extraño, que las fábulas más sorprendentes compiten con la propia realidad. Y una de esas fábulas que llenó mi infancia de misterio, color y fantasía es la leyenda de la Runamula.

Cuentan las viejas lenguas que, en las noches de Luna, emerge de la Selva un ser con rostro y pechos de mujer, entronizado sobre un cuerpo de mula. Este animal del infierno vaga por los pueblos ribereños profiriendo relinchos espeluznantes que asustan a quien lo escuche. Cuentan, además, que este ser maravilloso nace del ayuntamiento sexual entre una mujer casada y un cura. Otros dicen que nace de la unión entre parientes consanguíneos. Incluso, hay quienes certifican que este ser —mitad mujer mitad mula— es el producto de los amores entre compadres y hermanos.

Sea cual fuere el origen exacto de esta leyenda, lo cierto es que la Runamula representa para el imaginario amazónico la materialización mitológica del incesto. Esta poderosa imagen explica con ribetes poéticos aquello que el hombre ve cuando encuentra a su mujer cabalgando sobre el cura, el vecino o su propio hermano, según sea el caso. Es una forma sofisticada de negar la realidad, de transformarla en un hecho fantástico digno de los relatos más prestigiosos del género.

Hubo un tiempo en que los mitos y leyendas explicaban la cotidianeidad del hombre. Le hablaban de su historia, de su origen, de sus deseos. Le revelaban sus miedos, temores y recelos. Esta manera de explicar el mundo no existe más. Al menos, ya no en las sociedades occidentales. Pero en la amazonia peruana aún pervive y es monedad corriente con la que muchos tratan de entender la existencia. Moneda corriente que brilla en los ojos de cada uno de mis hermanos amazónicos.

Recuerdo la casa de mi abuela y la mesa de los domingos. Recuerdo los olores de la Hierba Luisa y del pan comprado en la Espiga de Oro. Pan de masa informe relleno con mantequilla de maní que tanto me encantaba. Recuerdo un patio, una ventana. Recuerdo un piano tísico y un violín exagerado. Recuerdo las canas de mis tíos más viejos y de sus muelas postizas. Recuerdo el día en que me llevaron a conocer el hielo: el hielo que transita en el corazón de todos los mitos y leyendas que escuché desde pequeño, un trozo de hielo que es capaz de reflejar todas nuestras miserias, nuestras grandezas, nuestra vida.

Horarios esclavos

agosto 10th, 2011

Hace unos días, un amigo me llamó para cancelar los planes de bares que teníamos para el fin de semana. La razón: un cambio de horario en su trabajo. Resulta que la Telefónica, ahora Movistar, decidió sentarlo a su escritorio entre las seis de la tarde y las dos de la mañana. Una amiga mía, supervisora de atención al cliente para la empresa de seguros Rímac, me comentó hace poco que pensaban rotar sus horarios. Vale decir, un mes trabajaría en las mañanas y el otro, en las tardes. Me lo contaba con enojo, pues ese horario le impedía continuar con sus estudios en la universidad.

Tengo entendido, por comentarios de otros amigos y compañeros de trabajo, que los horarios laborales se manejan de esa manera en la empresa privada. Esta posee el control absoluto sobre el tiempo de sus empleados, les pertenece. Desde el momento en que se firma un contrato, la empresa pasa a ser la dueña del tiempo de sus asalariados. En otras palabras, la vida de una persona deja de pertenecerle para ser parte de los negocios de otros. Lamentable forma de entender la existencia humana. Existencia propia de un sistema que anula los Derechos Laborales y asume que las personas son simples “Recursos Humanos”, recursos que pueden ser utilizados como mejor le convenga al empresariado. Total, son ellos quienes tienen el dinero. Y el dinero lo es todo en la ultra moderna sociedad de consumo.

¿Y qué sucede con el trabajador? ¿Cómo responde a estas condiciones de vida a las que lo someten los antojos del empresario? Algunos —muy pocos— reniegan entre dientes. Pero no pueden hacer más. La puerta de salida siempre estará abierta: “Si no te gusta, puedes irte, detrás de ti hay miles deseando tu puesto”, diría algún capataz de saco y corbata. Otros, no sé si con cinismo o real entusiasmo, se entregan a estas condiciones laborales con alegría y apelan a la proactividad, uno más de los engaños del Capitalismo del que ya me ocupé en un post anterior. Al parecer, solo quedan dos opciones: rumiarlo todo entre los dientes o sonreírle al patrón con acento proactivo. Así construimos el futuro. Es fabuloso: el Perú avanza.

Esta maquinaria de explotación está tan enraizada en nuestra forma de entender el trabajo y la vida, que ya pocos la cuestionan. Es tan cotidiana que hasta parece natural, como si este orden de las cosas siempre hubiera sido así. El trabajador no llega si quiera a poseer la categoría de persona. Es un recurso más dentro de la ingente cantidad de recursos que existe en la actividad empresarial. Es decir, el trabajador se encuentra al mismo nivel que una computadora o una máquina de café que el empresario utiliza cuando más le conviene. Ese es el concepto que albergan los Recursos Humanos. ¿Ironías de la vida laboral?, ¿secuestros del tiempo?, ¿esclavizaciones consensuadas? No lo sé. Solo espero que no llegue el día en que alguien me obligue a mover mis horarios a su antojo. Porque, entonces, seré un desempleado más.



El éxito se ve bien

julio 6th, 2011

De camino hasta aquel impoluto lugar donde trabajo, cruzo todos los días por la esquina de la avenida Primavera con Encalada. A la cabeza de una larga y maciza columna de metal, descansa la publicidad del nuevo Nokia Smartphone: “El éxito se ve bien”. El anuncio es enorme. De un color azul intenso que produce paz. Es, probablemente, el anuncio más grande que existe en ese cruce de avenidas. Pero el mensaje es pequeño y solo ocupa una esquina de todo el panel. Porque lo importante es transmitir una sola idea. Pareciera, incluso, que no importara el producto en sí, sino la intención de sembrar esta única idea: valdrás en tanto puedas ostentar. Es decir, el valor de las personas se relaciona directamente con la imagen que se pueda comprar.

Un mundo enturbiado por el frenesí de las compras termina por creer que esa forma de valorar las mercancías, basada en la imagen, es la vara con la que se mide el valor de las personas. Tendremos valor mientras seamos un producto rentable en el mercado. Y ese valor tiene que ser expuesto a través de signos visibles como el Nokia Smartphone o cualquier otro amasijo de chips y pantallitas táctiles.

Ir de compras es como ir a buscar insignias o medallas de honor. Los logros laborales tienen que ser reconocidos, de alguna forma, fuera del ámbito laboral. Si no, ¿qué sentido social tendría todo el esfuerzo que implica el trabajo? ¿Cómo reconocería la sociedad de consumo el éxito de un empresario? Tiene que otorgarle una manera sencilla de ostentar su éxito. Y eso se da a través del poder de compra. No es un secreto que la escala social esté medida por la capacidad de adquirir bienes y servicios. Lo curioso es que ese mandato está tan internalizado en la gente que ya pocos lo cuestionan.

Como el valor de las personas se mide en relación a la imagen que puedan comprar, ya poco importa la persona en sí misma. Su valor real queda desplazado por el valor que tienen los productos en el mercado. En otras palabras, el valor de las personas se encuentra fuera de estas: les es ajeno. Una sociedad que valora el éxito en términos de imagen es una sociedad condenada a la frivolidad y al engaño, una sociedad adicta a las sombras antes que a la luz, una sociedad, finalmente, que no vale por sí misma.

La vieja innovación

junio 22nd, 2011

La universidad en la que trabajo se publicita con el cántico neoliberal del “exígete e innova”. Los requerimientos empresariales piden profesionales innovadores. Las ferias de estudiantes muestran a ingeniosos ratoncillos que innovan la manera de hacer negocios. La televisión nos bombardea, a diario, con aparatos y electrodomésticos que aseguran innovar la vida cotidiana. Todo es nuevo en el mundo de hoy. Todo cambia, todo se modifica, todo se innova.

Me resulta curioso que muchos alumnos y egresados de distintas universidades e institutos se consideren a sí mismos como los próximos innovadores del país. A menudo, escucho hablar de proyectos que innovarán la forma de entender la ciudad, la educación, la medicina, las artes, todo. Tengo la impresión de que el mundo entero se encuentra innovando todas ramas del conocimiento. Estamos rodeados, pues, de genios innovadores. ¡Qué suerte la nuestra! El mundo será un mejor lugar.

¿Será posible que los inicios de este nuevo milenio hayan congregado a miles de genios a la vez? ¿Será posible que estemos rodeados de increíbles innovaciones a cada paso que demos? Si todos innovan, entonces ya deberíamos haber creado una civilización hiper-moderna. Sin embargo, eso está muy lejos de cumplirse. La innovación es, entonces, uno más de los miles de clichés que pueblan el imaginario de la sociedad de consumo, un cliché bonito y ambicioso, pero cliché al fin y al cabo.

Gamarra celebrity show

diciembre 7th, 2010

Todo aquel que salga en televisión será una celebridad. No importa tener algún talento que justifique salir en pantalla, lo único importante es aparecer allí.

Hace unos días, asaltaron la sucursal del Banco Continental en Gamarra. Hubo un espectacular despliegue policial con más de 500 efectivos, y la noticia circuló en todos los diarios nacionales. Del señor bomba, ya solo recordamos su extravagante patología mental, además de su afición por el pollo a la brasa. Su rostro ya quedó en el olvido: tan solo apareció dos segundos en televisión. No fue suficiente. Andy Warhol dice que todos merecemos, al menos, 15 minutos. Pero la fachada de la sucursal del BBVA sí que apareció en todos los medios y fue la protagonista de infinitas horas que la prensa le dedicó a esta noticia. Resultado: el banco más famoso en Gamarra Celebrity Show es el Continental. Y todos quieren tomarse fotos con él.

Ayer estuve de compras por allí. Como es natural en diciembre, el lugar hervía en gente. Pero lo que llamó francamente mi atención no fue eso, sino la exuberante cantidad de curiosos personajes que se tomaban fotos en la fachada de este banco. Como si se tratase de una estrella de Hollywood, la gente hacía cola para retratarse en las puertas del BBVA más famoso del Perú. Delirante.

Di media vuelta y decidí que era momento de regresar a casa, no vaya a ser que la estupidez sea contagiosa y me de a empellones con la multitud por una fotografía de cuerpo entero.

Internet: ¿una ventana al conocimiento?

noviembre 12th, 2010

“Lo que no sabe Dios lo sabe Google”. Esta es una de las frases que resume el imaginario de la gente sobre el Internet. Suele creerse que todo el saber del mundo se condensa entre sus tejidos de fibra óptica. Con cuánta alegría admitimos que el Internet nos ha facilitado la búsqueda de información; que nos ha abierto las puertas del conocimiento. No existen más bibliotecas. No hay por qué pasarse horas de horas leyendo libros obsoletos. ¿Para qué perder el tiempo si en la web 2.0 encontraremos todo aquello que necesitamos?

Me parece muy curioso que las personas admitan este tipo de supuestos sin mayores cuestionamientos. ¿En verdad podemos encontrar allí todo el conocimiento producido en más de 2000 años de civilización? ¿La información que nos brinda Internet es, realmente, valiosa? Dos preguntas que valdría la pena dilucidar.

Partamos del principio. Cuando yo cursaba mi etapa escolar, no existía el Internet. Al menos, no en la versión comercial con la que ahora lo conocemos. Había que ir a la Biblioteca Municipal. Algunos creerán que la perspectiva que adopto aquí es la de un viejo lector melancólico que se resiste a utilizar las nuevas herramientas que el mundo moderno ofrece. Pero no es así. Al terminar el colegio, vi por primera vez una computadora con conexión a la red. Tenía 16 años. Percibí el cambio en su punto mismo de iniciación.

Con el tiempo, aprendí a navegar en la web, a buscar información, a conectarme con el mundo. ¿Pero, realmente, me conecté con el conocimiento? Si uno revisa los resultados de cualquier búsqueda, se encuentra con una cifra impresionante de páginas que abordan el tema propuesto. Pondré un ejemplo sencillo. Escribí la palabra “Islam” en el buscador de Google y encontré esto: “Aproximadamente 121,000,000 resultados (0.16 segundos)” ¿Qué diablos significa eso? ¿Qué existen 121 millones de artículos distintos referidos al Islam? No, ¿verdad? Es fácil notar, tras una breve revisión, que la información se repite indefinidamente de página en página. Es decir, no existe tal cantidad. Es solo una fantasía.

Dentro de lo poco que se puede hallar, encontré un artículo en Wikipedia, otro en Monografías.com, otro sobre musulmanes peruanos y una infinidad de páginas en inglés del tipo www.islam.com que no tenían mayor contenido textual y sí un espacio destinado a digitar los números de la tarjeta de crédito. Conclusión: sigo sin saber qué es el Islam, a pesar de que existen 121 millones de artículos relacionados con él.

Por otro lado, el Internet, calificada como la gran ventana al conocimiento, realiza las búsquedas a través de direcciones de I.P. ¿Qué quiere decir esto? Que la información hallada se circunscribe a la región, país o localidad donde se produce. Es decir, todo lo que busque me remitirá a información producida en el mismo lugar donde realizo la búsqueda. Jamás encontraré artículos sobre el Islam producidos en Arabia Saudita, Bangladesh o Jordania. Así como ellos jamás encontrarán conocimiento sobre el cristianismo producido en España, Perú o Estados Unidos. ¿Dónde quedó la ventana al mundo?



Y se llama Perú…

noviembre 5th, 2010

Esta semana, he comenzado a asistir a unas clases de boxeo. Mi psicoterapeuta me lo recomendó. Sé que suena gracioso y hasta un poco frívolo, pero así son las cosas. Me dijo que sería de gran ayuda que descargara toda mi cólera sobre un saco de arena. Y así lo estoy haciendo.

El gimnasio donde ensayo mis rectos de izquierda está a unas cuadras de mi casa. La primera vez que fui, le dije al recepcionista que necesitaba golpear un saco. Además, añadí que no me importaba aprender a boxear; que lo único que me interesaba era dar de puñetazos durante media hora y que, además, quería hacerlo en cualquier momento en me diera la gana. El encargado, muy solícito, me informó que no había ningún problema. Me dijo que, de hecho, podía arreglar un plan especial para mí. Y, acto seguido, inició una larga enumeración de las bondades del Gym21. Antes de que largara a describirme, punto por punto, cada una de las funciones de las maravillosas máquinas con las que está poblado el gimnasio, le señalé tajantemente que mi único interés radicaba en descargar todo el estrés y la furia que acumulaba durante el día; y que para hacer eso, necesitaba golpear algo, lo que sea.

Al día siguiente, se lo conté a un amigo mío, que ha vivido en Francia durante casi veinte años. El primer comentario que me hizo no estuvo relacionado al precio o a la rutina que ofrecía el Gym21. Lo primero que me comentó fue que en Francia jamás me hubieran hecho caso si me acercaba a un gimnasio y pedía golpear un saco de la manera en que lo hice. Me aseguró que cualquier encargado se hubiera limitado a informarme sobre los horarios y las tarifas vigentes, pero que jamás a nadie se le hubiese ocurrido adecuar sus reglas a las necesidades del cliente. Entonces, reparé en lo acostumbrados que estamos a la trasgresión. En el Perú, quebrar la norma es la ley con que se logra la convivencia: todo puede ser modificado; todo es susceptible de cambio. Y, tal vez, sea la única forma que tenemos para sobrevivir en este universo de consumo sin ser marginados ni olvidados. O, al menos, no del todo. Si no fuese por la trasgresión de la norma, jamás hubiera podido ver muchas de las viejas películas de Woody Allen o descubrir a Jim Morrison cuando tenía quince años.

Mañana iré a golpear ese saco hasta que se hinchen mis nudillos. No me interesa la técnica: mientras pueda golpear, todo estará bien para mí.

Tecnología: ¿progreso o estancamiento?

octubre 20th, 2010

Tengo un buen amigo que trabaja en Foncodes, una dependencia del Estado ubicada entre las avenidas Córpac y Paseo de la República. Para llegar hasta allí tiene dos opciones. La primera lo obliga a tomar dos vehículos: una combi y el famoso Metropolitano, lo que le genera un mayor costo. La segunda alternativa es más económica, pero se emplea más tiempo: debe abordar uno de aquellos micros viejos que padecen la desviación de su ruta, ocasionada por la sospechosa licitación que la Municipalidad de Lima pactó con la concesionaria de este nuevo y desafortunado transporte limeño. Según me cuenta, todas las mañanas, es preciso soportar la aglomeración de gente en sus paraderos con ascensores eléctricos y mil artilugios de todos los colores. Una vez dentro, el hacinamiento nos recuerda el insoportable primer gobierno de García: codazos, empujones, camisas sudorosas. El resultado: molestia, pérdida de tiempo y mayor costo de movilidad. ¿En qué consiste el progreso, entonces?

Dos sobrinos míos entregan sus tardes a golpear el teclado de sus computadoras. Cada uno, desde sus cuartos, dirige ejércitos de visigodos y bárbaros atilas en un juego, incomprensible para mí, que llena sus infantiles mentes de estrategias multicolores, y reservas de alimentos y soldados. Cada tarde, aplastan sus excitadas mentes contra la pantalla del ordenador y se olvidan de que tienen un cuerpo y de que este necesita un mínimo de movimiento; total, lo único importante es acabar con la legión enemiga.

Cuando camino por las calles o entro en algún restaurante de menú, peluquería, bazar o lo que sea, suelo encontrar una pantalla de televisión que absorbe totalitariamente la atención de quienes la miran. Los programas que se emiten, en su mayoría, siguen un mismo patrón: se esparce el entretenimiento vacío que la gente reclama para continuar con su rutina de tres centavos. El celular cumple una función parecida: empotra la atención de la gente en sus dedos pulgares. Lo mismo ocurre con los juegos de video, los dispositivos de reproducción fílmica, las cámaras digitales y con toda aquella parafernalia que parece brotar inconteniblemente de las grandes firmas de electrodomésticos. Nadie tiene más cabeza que para recibir imágenes inútiles el día entero.

Muchas veces, confundimos el progreso con la modernización. El primero consiste en un cambio radical de las circunstancias para el beneficio de todos. El segundo solo implica una modificación de lo existente, un pequeño agregado a lo ya conocido. De acuerdo con eso, ¿existiría, entonces, algún progreso en los artilugios que he mencionado? ¿El hacinamiento y la incomodidad desaparecieron  con el Metropolitano? ¿Los videojuegos virtuales o en 3D ofrecen una lógica distinta de la que ofrecía el Atari? ¿Los televisores de plasma o LCD emiten una programación diferente a la que se veía a través de los transistores? Evidentemente no. Vivimos una época veloz y agitada solo en apariencias. Creemos que avanzamos y estamos rodeados de lo mismo que ya existía en 1960.

La tecnología está desbocadamente inclinada hacia la industria del ocio. Otras áreas del conocimiento no mueven, ni por asomo, las mismas cantidades millonarias que circulan en las viñas del entretenimiento. Algunos dirán que la medicina es uno de los campos en los que el progreso tecnológico sí ha servido para el beneficio de la humanidad. Yo no estaría tan seguro. Con excepción de la industria farmacéutica que mueve cantidades obscenas de dinero en antigripales, el resto de los campos médicos de investigación se encuentran apenas financiados. Si la tecnología hubiese ayudado tanto a la medicina, como suele creerse, entonces el VIH no debería seguir vulnerando nuestro sistema inmunológico y el cáncer no debería seguir envenenando nuestra sangre ni devorando nuestra carne. Me parece una grave falta de respeto hacia el género humano que se hable de progreso tecnológico cuando, a todas luces, la tecnología solo nos estanca en nuestras butacas y nos obliga a comer palomitas de maíz en 3D.

Perdón por la tristeza

septiembre 16th, 2010

Perdón por la tristeza, por el silencio incómodo, por la canción de Bernard Herrmann. Perdón por el blues y la serenata nocturna, por el callejón sin salida que nos impidió el amor, por los retazos de felpa que no alcanzaron para remendar el abrigo. Pido disculpas por la carta que no llevaba tu nombre, por la foto de mi niñez recortada en cien palomitas veraniegas, por el muñeco de trapo que asustaba tus noches. Me excuso por las promesas en bicicleta que nunca pude cumplir, por mi sonrisa estúpida al caer la tarde, por mis notas disonantes en el alfeizar de la ventana. Perdón, digo, por mis ojos grises y por tu melena cansada de tanto trajinar sobre mi ombligo.

Quisiera arrugar mi frente con la risa cálida de un domingo sin fútbol, nadar a contraluz en la alberca de San Jacinto, observar por el telecopio los días de la luna. Pero no puedo. Quisiera arrastrar hasta mis pies las voluntades de los fuertes, someter a la ignominia la indiferencia de los santos, declarar en huelga la virilidad de los obreros. Pero me sospecho incompetente. Quisiera abandonar —con o sin razón— la violencia de mis puños, quemar con alcohol isopropílico el viento de mis pulmones, insuflar en mis riñones el polvo mágico de las hadas. Pero me siento absurdo.

Perdón, una vez más, por mi salud amarga, por mi sonambulismo, por mis cuotas a largo plazo. Pido disculpas por las afrentas contra Tebas, por la Tierra de los muertos, por los estudiantes aplastados. Me excuso en nombre del asfalto, en nombre de la pólvora, en nombre de la vida. Perdón por la nostalgia, perdón por el remedo, perdón por la tristeza.